Homicidios por venganza y disparos indiscriminados en Libia
Por Donatella Rovera, investigadora de Amnistía Internacional sobre situaciones de crisis

Cartel de una campaña de concienciación en Bengasi en el que se pide responsabilidad y no disparar indiscriminadamente al aire. © Amnistía Internacional
En la unidad de cuidados intensivos de uno de los hospitales de Bengasi volví a encontrarme con una mujer a la que había conocido unas semanas antes en otro hospital, donde un sobrino suyo de cinco años de edad iba a ser sometido a una delicada intervención quirúrgica para extraerle una bala del pecho. El niño, al parecer, había recibido el impacto de una bala perdida producto de una de las muchas ráfagas de disparos indiscriminados al aire que con demasiada frecuencia se producen en Bengasi y otros lugares del este de Libia.
Pocas semanas después, el tío del menor sufrió un accidente similar. Resultó herido en el centro de Bengasi el 5 de mayo junto con varios transeúntes más, uno de los cuales murió días después a causa de las heridas.
En una reciente campaña informativa con carteles organizada por un grupo de jóvenes se pide a quienes portan armas que no disparen al aire de forma indiscriminada; interesante y oportuna iniciativa, pues se trata de una práctica que sigue ocasionando heridos y muertos.
Este tipo de incidentes ocurren con mucha más frecuencia de lo que la mayoría está dispuesta a admitir y, por lo general, o no se habla de ellos o se hace como si se tratara de ataques de partidarios de Gadafi –en particular, de sus “comités revolucionarios”– que tratan de sembrar el miedo y el caos en Bengasi. Puede decirse que se genera un estado de negación en lo que respecta a las facetas menos agradables de la situación posterior al 17 de febrero en el este de Libia, especialmente en lo que se refiere al comportamiento de algunos combatientes de la oposición, los “thuwwar”, como los llaman aquí.
En las últimas dos semanas y media han perecido en escalofriantes actos de estilo ejecución sumaria tres hombres que, hasta el 17 de febrero, habían trabajado para la otrora omnipotente e infame Agencia de Seguridad Interna (Jihaz al Amn al Dakhili). El cadáver de la última víctima, padre de seis hijos, fue hallado el 10 de mayo al suroeste de las afueras de Bengasi. Tenía un tiro en la cabeza, los pies y las manos atados y un largo pañuelo anudado fuertemente al cuello. Le faltaba un trozo del gemelo de la pierna izquierda y, por las manchas en los pantalones, había estado arrodillado. Junto al cadáver se encontró una nota ensangrentada: “… uno de los perros de Gadafi ha sido eliminado”.
Dos semanas antes, otro ex miembro de la Agencia, de 48 años de edad y padre de tres hijos, había sido asesinado prácticamente del mismo modo. El cadáver había sido hallado en la misma zona la noche del 22 de abril. Tenía dos tiros en la cabeza, un largo pañuelo anudado fuertemente al cuello y las manos atadas a la espalda con esposas de plástico. Las manchas de los pantalones indicaban que había estado de rodillas.
En ambos casos no hubo testigos del secuestro de los hombres o, si los hubo, han guardado silencio, comprensiblemente, sobre lo sucedido.
Otro caso tuvo lugar la noche del 8 de mayo, cuando un grupo de hombres armados –algunos de ellos con el rostro oculto– secuestraron en su casa a un hombre de 55 años de edad, padre de ocho hijos y ex miembro de la Agencia de Seguridad Interna. No hace falta decir que ni se identificaron ni dijeron a la aterrorizada familia por qué o adónde se lo llevaban. Su cuerpo sin vida fue hallado a la mañana siguiente al suroeste de las afueras de Bengasi. También estaba esposado, le habían pegado un tiro en la cabeza y lo habían herido en la cabeza y en la mano con un objeto contundente.
Son frecuentes las redadas nocturnas de grupos de “thuwwar” armados a la caza de leales de Gadafi –reales o imaginarios– de quienes se sospecha que están implicados en actos de espionaje o de planificar y llevar a cabo ataques, o de haber sido responsables de la brutal represión que ha sido la marca de la casa en el régimen de Gadafi durante las últimas cuatro décadas. Algunos de estos grupo de vigilantes actúan por orden de los denominados “comités de detención” de los campamentos militares, pero otros al parecer actúan por su cuenta. A veces, en estas excursiones nocturnas se hacen acompañar por periodistas extranjeros.
Los objetivos no son solo ex miembros de agencias de seguridad y leales a Gadafi. El 23 y 24 de abril fueron hallados al suroeste de las afueras de Bengasi los cadáveres de dos hombres sin identificar, al parecer de origen subsahariano. A uno lo habían degollado y tenía los tobillos atados con una cuerda. A otro le habían pegado un tiro en la cabeza y tenía multitud de contusiones, prueba de que había sido apaleado. Estos son sólo los últimos casos. En los días inmediatamente posteriores al derrocamiento del régimen de Gadafi en la zona oriental de Libia, varias personas de origen subsahariano fueron brutalmente agredidas y asesinadas. Algunas a tiros, otras ahorcadas en público, a otras las lincharon. No se tiene noticia de que se haya investigado la identidad de los responsables de estos atroces crímenes ni de que se les haya hecho rendir cuentas.
Muchos migrantes africanos han sido víctimas de este tipo de agresiones, al parecer por sospecharse de ellos que habían servido como “mercenarios” con las fuerzas partidarias de Gadafi. Esas agresiones se han visto alimentadas, sin duda, por las denuncias generalizadas (aunque en su mayor parte no corroboradas, y entre ellas las vertidas por responsables del Consejo Nacional de Transición), de que “mercenarios” africanos habían tenido mucho que ver en los homicidios y ataques contra los manifestantes. Tras el 17 de febrero fueron decenas los migrantes africanos detenidos a los que se hizo posar ante los medios de comunicación del mundo como “mercenarios” sin que siquiera mediara una investigación para determinar quiénes eran de verdad o si habían cometido algún delito. La brumadora mayoría de ellos quedaron después en libertad y se les permitió abandonar el país al no encontrarse pruebas en su contra, pero para entonces ya tenían que cargar injustamente con la etiqueta de “mercenarios”.
Hasta la fecha, el debate sobre estos inquietantes hechos es nulo. Ni autoridades ni dirigentes políticos han condenado públicamente estos homicidios de leales a Gadafi y migrantes africanos, como tampoco se habla de ello en la nueva televisión (Free Libya) en las emisoras de radio del país, ni en los muchos periódicos de reciente cuño que han surgido en el último par de meses.
No obstante, la nota positiva de todo esto es que, cuando he planteado el asunto a autoridades o a gente corriente, han condenado los ataques y expresado su repulsión hacia ellos. La mayoría de las personas con las que he hablado parecen verdaderamente preocupadas por que no vuelva a repetirse la represión y las prácticas brutales que lleva aparejada y que tantos libios han padecido durante las últimas cuatros décadas, y por que el futuro de Libia se construya sobre el Estado de derecho y el respeto a los derechos humanos.
Deseo de veras que se cumplan sus esperanzas.
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Etiquetas: Bengasi, crisis, Gadafi, Libia, mercenarios

